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sábado, 5 de noviembre de 2016

Matías Movillo: la resistencia.


Matías Movillo se resiste pero avanza, corre, vuela, choca, sale herido. En la convalecencia piensa, se hunde en reflexiones, en sentimientos contradictorios. Cuando se recupera corre, no sabe caminar, no quiere intentarlo. El a-mor es su motor, a pesar de las consecuencias. 


Transgrede, molesta y tensiona, estira las posibilidades hasta que no resisten y revientan y se hacen trizas y se confunden con el polvo, potencia de todo y la nada misma que amasa con su intuición y voluntad y juega mientras toma el camino de siempre, el divergente, el que tiene obstáculos, competencia, complejidad, lenguaje, materiales extraños, densos y porosos por cuyos túneles transita sacando su cabeza por aquí, sus pies por allá, y sus manos tocan algo y su imaginación imagina un territorio epifánico que lo atrae y expulsa cuando lo conquista. Sale dañado, agredido, sufriendo de la burbuja que lo contenía, que palpitaba al ritmo de los pulsos eléctricos que en él producen una música particular, música de grandes pausas, importantes momentos de silencio, silencio incómodo sobre el que flota su soledad que a veces lo contrae y otras lo expande hasta fundirlo con los límites de lo existente creando la textura y el color, interpretando el gran tema, haciéndose preguntas, confrontándolas, una tras otra, en capas, que bajan hasta profundidades donde la luz no llega, preguntas que lo atrapan durante la vida, que se aferran a él para ser vencidas y para vencerlo hasta más no dar, hasta que el arte se agota, hasta que no tiene más que decir.






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