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domingo, 9 de octubre de 2016

Crónica Sanpietina: Gerusa y el Coricancha y La Odisea al Hotel Monasterio

NOTA: ESTA CRÓNICA FUE ESCRITA A RAIZ DE UN PASEO DE 9 FAMILIAS POR CINCO DÍAS AL VALLE SAGRADO, CUZCO

1 Gerusa y el Coricancha.

El día comenzó temprano. En realidad temprano es un decir: después del empate de infarto de Perú con Argentina, el agotamiento emocional y la celebración de la noche anterior, salir a las diez de la mañana a Sacsayhuaman y alrededores fue toda una odisea. El cansancio acumulado de los niños y la falta de credibilidad de los padres sobre lo divertido de los paseos tenían el ánimo colgando de un hilo. La resbaladera de piedra y el almuerzo fueron los puntos altos de la mañana. ¿Nos vamos al hotel?, preguntó uno. No, vamos a caminar por la ciudad, fue la respuesta. Las protestas no se dejaron esperar. Iremos al Coricancha, lo más importante de Cusco, no podemos dejar de ir, dijo enérgicamente un padre. A caminar, ordenó otro. Masticando la molestia, la mancha sanpietina (*) avanzó por la avenida del Sol hasta llegar al palacio. En el patio que antecede la entrada se produjo una enfrentamiento campal. Uno de los papás entró a preguntar hasta qué hora estaba abierto. Hasta las cinco y media, fue la respuesta del hombre que parecía la momia de la boletería. El papá levantó la vista y vio a dos mujeres paradas en la puerta. Atentas como aves de rapiña a cualquier movimiento de turistas con intención de entrar una de ellas se acercó: señor, señor, si están adentro el sitio cierra a las seis, tienen tiempo para hacer el tour. El hombre sonrió irónicamente, mire, le dijo levantando la cabeza hacia los niños, somos muchos y están rebeldes. La mujer, segura como Nadine en el primer año de Ollanta se pone frente a él y lo mira a los ojos diciéndole: esas criaturitas son mi especialidad, sólo páguenme cinco soles por persona y me encargaré. Al escuchar la respuesta el papá ordenó con lo que le quedaba de autoridad a sus dos hijos y a su mujer ingresar al lugar; los demás, al verlo decidido, hicieron lo mismo. Hola, voy a ser su guía en este, el más importante palacio inca, dijo ella con una voz firme. ¿Cuál es tu nombre?, preguntó uno de los niños antes que ella terminara la frase. Me llamo Gerusa, dijo la guía. ¡Ja,ja,ja, Gerusa!, murmuraron las criaturas mirándose cómplices. ¡Bueno niños, pasen aquí, caminen allá, contra la muralla!, dijo en tono más firme. Si no me dejan hablar, el tour va a costar el doble. Uno de los chicos la miró desafiante y le dijo, ese es problema de mi papá. Fue aquí, en este instante, cuando ella se dio cuenta del calibre del desafío y sonrió como si fuera la jefa de un batallón de fusilamiento. ¡No toques eso niño!, todos quedaron helados con el cambio de tono. ¡Peor para ustedes, puedo alargar el tour dos horas más!, dijo ante una interrupción. ¡Miren, ahí está el sacerdote, el jefe de todo este lugar! Todos voltearon algo asustados. Ante la sorpresa de los padres, los niños reemplazaron la interrupción por el silencio y la atención. El manejo del tono de voz, a veces firme y otras cariñosa, el ceño fruncido y la sonrisa cómplice, la paciencia para responder payasadas y preguntas bien planteadas, hizo que los niños, hace sólo minutos animalitos silvestres y salvajes, se convirtieran en seres civilizados y hasta buena gente. Al llegar a una maqueta, mientras Gerusa explicaba esto y aquello, un niño la interrumpe y le dice que en Sacsayhuamán el guía les habían dicho era la cabeza de un puma y que el cuerpo se extendía por Cusco ¿Qué parte del puma es el Coricancha? Gerusa abrió su cartera, sacó un librito, lo abrió en una página específica y les mostró un plano de la ciudad moviendo su dedo por un límite coloreado. Aquí está la cabeza, este es el cuerpo, las piernas, el lomo va sobre la avenida del Sol. Pero ¿dónde estamos nosotros?, ¿qué parte del puma es aquí? Gerusa cerró el libro, lo guardó en su cartera, levantó la vista, la recorrió por todos y respondió: estamos parados en los genitales del puma, el Palacio del Coricancha son los genitales del Imperio. El silencio no se hizo esperar y luego las carcajadas nerviosas de los chicos aparecieron. Los papás se miraron y sonrieron. Se había desatado un festival. Gerusa, y esto ¿qué es?, preguntó uno mirando una piedra con una protuberancia. Esto es una piedra que se encajaba con esta otra, una piedra macho y otra hembra que se unen de esta forma. La visita se había transformado en una fiesta. ¡Shhhhh! ahí viene el sacerdote. Los niños miraron, no había nadie, dudaron pero se quedaban en silencio, mal que mal venían de un colegio católico y respetaban a la autoridad, aunque fuera invisible. Que la luna, que el sol, que los rayos, que el oro, que el trueque ¿quién sabe tal cosa, y esta otra? ¡Si me interrumpen de nuevo nos quedamos hasta mañana, total yo vivo aquí! Así fue que Gerusa, en solo media hora, hizo que el grupo recorriera las partes más importantes del palacio de Coricancha, manejando ejemplarmente a los niños, sorprendiendo a los padres y cobrando sus cinco soles por persona que fueron los mejores pagados del viaje. Como dirían los hombres de negocio: un verdadero win-win.


2. La Odisea al Hotel Monasterio.

Una de las situaciones recurrentes fueron los intentos de amotinamiento de los niños. En el último día hubieron dos muy importantes, el primero después de almuerzo en KFC y Bembos, el primero reconocible para ellos en este viaje al Valle Sagrado: los chicos se negaron a caminar y reclamaron regresar al hotel. Es cierto que después de cinco días de subidas y bajadas de ruinas, de pizza tras pizza, de levantadas de madrugadas y restricciones de libertades individuales, la cosa se había puesto un poco pesada. No quedó otra opción que amenazar «a la antigua», solo así fue posible avanzar al Coricancha. El tour, magistralmente guiado por una experta en grupos de gremlins permitió mejorar las relaciones filiales por casi una hora. 

Al salir, los adultos se enfrentaron a una decisión clave: avanzar o ceder. Se decidió continuar. Uno de los papás, ducho en la geografía de la ciudad, guió al grupo hacia a un destino que se mantuvo en secreto, hasta que apareció la piedra de los doce ángulos. Entre los selfies y las mamás insistiendo por sacarse fotos que probablemente nunca nadie verá la disidencia el guía tuvo un momento de distracción, arguyendo que los apus lo habían abandonado, las consecuencias fueron largos y agotadores momentos de caminatas por San Blas. La muchachada indignada comenzó a proferir reclamos de grueso calibre. El grupo de ancianos se reunió y acordó visitar el Hotel Monasterio para rematar con broche de oro una hermosa jornada, haciendo oídos sordos la protesta infantil que amenazaba llevarnos a la cárcel. Las criaturas, ya curadas de las excusas, boicoteaban todo intento de fotografías para álbum usando muecas y genuflexiones manuales poco amigables. El nerviosismo se instaló en los jefes de las tribus caminantes y hablaron con el guía quien aseguró que el espíritu de los puntos cardinales había regresado. Se avanzó a pie firme prometiendo y jurando por el mismísimo Wiracocha que llegaríamos al edén de los hoteles. 

El hotel Monasterio abrió con terror sus puertas a la enorme, agotada, furiosa y sedienta comitiva. Ante el plantón esperado, los niños escucharon fríamente la oferta de salchipapas y tequeños en generosas porciones sanpietinas, oferta que fue rechazada de plano. En ese momento, mientras unos se sentaban en una mesa a pedir la merecida cerveza, otros se quedaron negociando condiciones de armisticio. La sesión fue dura, los reclamos herían todo tipo de suceptibilidades. «Estas vacaciones son de ustedes», decía uno. «Prefiero estar en el colegio a seguir viendo más piedras», decía otro. «Dijiste que llegaríamos a la una al hotel y son las siete», se atrevió decir un flaco, francamente indignado. «A mí me mintieron», dijo uno que estaba sentado frente a su padre. En ese momento un silencio de muerte se apoderó del lugar. El padre se acercó y tomó del brazo a su hijo bajo un murmullo que fue creciendo: «uuuuuy» comentaron con una sonrisita nerviosa sus amigos. Mientras discutía y regresaban, volvieron los reclamos. El negociador de los adultos estaba por tirar la toalla y dar por perdida la batalla, cuando un niño, que no había hablado hasta ese momento, se abrió paso y dijo «oigan, escuchen, no seamos injustos, nuestros papás han hecho un tremendo esfuerzo, se han sacado la m por darnos esta porquería de vacaciones, así que démosles la media hora que nos piden». Después de tensos segundo, los demás encontraron razonable el punto y accedieron. 


Así fue posible disfrutar una cerveza en el hotel Monasterio, de la cual no hay registro porque la foto salió mal.

(*) Sanpietino es el nombre del grupo de familias que se han hecho muy amigas. Proviene del nombre del colegio al que van los hijos con una derivación italiana, producida por una comida en la que el pannini al óleo fue el principal plato de la noche, por un afán de ahorro de los comensales y priorización en vinos sobre el piqueo.

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