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domingo, 25 de septiembre de 2016

Sostiene Pereira o la Nostalgia del Arrepentimiento

Antonio Tabucchi
¿Quién es Pereira? ¿Qué sostiene? ¿Qué es lo que prefiere no decir porque no viene al caso? 

¡Ay! ¿Por qué demoré tanto en encontrar este libro? Es de lejos el mejor que he leído este año y ¡cuándo no!, por una simple coincidencia, por la bendita serendipia lo encontré un día frío de invierno en una librería, allí, apretado entre los obesos clásicos de literatura universal. 


Pereira no necesita rostro, ¿alguien es capaz de imaginarlo? No es necesario, quizás solo decir que es un tipo culto, cansino, medio enfermizo y algo hipocondriaco. La muerte de su mujer lo ancla en el tiempo y le obliga a vivir en un purgatorio construido por él mismo cuyos muros lo aíslan de la realidad. Cómodo, con una rutina establecida y libros suficientes, espera que las cosas pasen como tienen que pasar.


Lo comencé en Manolo´s en Lima y
terminé en el Tavelli en Santiago
Pero llega Monteiro Rossi. ¿Quién no ha tenido un Monteiro Rossi en su vida? Cuando le pide trabajo este muchachón medio torpe y soñador se da cuenta, Pereira, que a pesar de su enorme talla, no afectaba las formas que lo rodeaban, que vagabundeaba invisible, peor, inservible por el mundo. De ahí en adelante, los malentendidos le arrojan luces como los haces que se lanzan a las partículas subatómicas para saber dónde están ubicadas. Su inocencia es insolente y es necesario que el destino muestre señales: ahí se le cruza en un tren la alemana tullida, allá el doctor Cardoso, el padre Antonio, Manuel, el garzón del Café Orquídea que va cambiando como cambia el dulzor de la limonada por la acidez recomendada por el médico y por el acontecer al que despierta. 

Pereira se siente mal. La infección que le impide ver las cosas tal como son es Rossi y sus secuaces. La incomodidad lo sacude hasta lo más profundo. Siente fiebre, somatiza su crisis. Sólo le queda la mujer que siempre le responde sabiamente, con voz sepia, llena del amor que él imagina. La vida se acelera, los acontecimientos se agregan paralelos, en capas, colisionan, obligando a su inteligencia exigirse al máximo; la emoción se acumula hasta llegar a nombrar lo in nombrado y se devela en esa decisión y en esa acción la cárcel en la que ha vivido por tantos años. 

Pereira tiene tanto de Gurov y Bartelby pero tan poco a la vez. Se sacude la inercia, se despega de su destino y escucha el llamado de su deber, quizás haciendo eco de lo que su mujer siempre le quiso decir.


Sostiene Pereira es una obra de arte que requiere de un mínimo de preparación histórica, un mínimo de cultura general, un mínimo de bagaje personal, un mínimo de tiempo, porque Sostiene Pereira se debe leer de un tirón, es como la merienda a medio día, aquella omelette a las finas hierbas acompañada por una limonada fría, sólo con una pequeña diferencia: es necesario saborearla desde una ubicación lejana, quizás desde algún otoño, de la nostalgia necesaria para comprender la grandeza de la historia y la humildad su narrador.



Este es el libro que leí.

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