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miércoles, 24 de diciembre de 2014

Diciembre.


Pobre diciembre, sólo sirve para sacudirse el año. Pobre diciembre, mes de gastos, de los recuentos y las estadísticas, mes de la navidad y los preparativos de nuevo año. Mes viejo que da paso al infantil enero, del que nadie se acuerda.

Diciembre, no tiene días de tranquilidad, las calles se abarrotan de gente desesperada por acabar con las obligaciones del trabajo, la universidad o las fiestas de fin de año. Pobre diciembre, ve pasar el dinero por los bolsillos en un tránsito que tiene como destino a los bancos, los restaurantes y las tiendas. Pobre diciembre que ve a muchos compensar el cariño y afecto adeudado, con miradas, risas y gestos, con regalos, promesas y planes. Pobre diciembre, que acumula tanta esperanza y energía, tantos sueños y propósitos para que luego, después de once meses, se repitan como si fuera un sueño recurrente.


Pero, ¡qué afortunado es!, cuando ve resquicios de la emoción humana, cuando ésta reconoce el valor de las pequeñas cosas que hacen que la vida valga la pena. Porque diciembre es el mes del pensamiento y la soledad. Los escasos momentos de soledad, cuando uno camina al banco, huele el aroma al café recién servido, cruza la mirada con un desconocido, cuando quedan veinte segundos de luz roja del semáforo o aquellos que le ganamos a la mañana, están concentrados de ideas que es necesario ordenar, recuerdos que debemos jerarquizar, de sentimiento que asimilar. Diciembre es el catalizador temporal de nuestra acción y nuestra conciencia. Es cuando realmente nos hacemos cargo de nosotros mismos.


Servilletas, papeles sueltos, cuadernos o agendas, todo sirve para las anotaciones personales escritas en la escasa soledad de diciembre. Anotaciones que luego quedan en la biblioteca personal de la memoria y se van esfumando en la amnesia de los eneros siguientes...


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