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domingo, 28 de febrero de 2021

Palenque.




Hay recuerdos que están invadidos por una bruma que impide darles sentido, incluso cuando atamos los cabos sueltos usando la imaginación. Eso me pasa cuando recuerdo Palenque.


Después de una visita al DF por un congreso estudiantil, tomé mi mochila, mi cámara de fotos Pentax, mi guía Lonely Planet y un cuaderno de viajes para enrumbar al sur, con destino a Yucatán. 


El primer día fui a Chichen Itza, el segundo a Uxmal. Durante la noche, en el comedor del hotel, cuando me disponía a planificar el siguiente destino, me distrajo una discusión entre dos personas mayores. Ella había comprado dos pasajes a Palenque, a pesar de que su pareja le había advertido que no era temporada, que su estado físico no estaba para ese tipo de aventura y le exigió que los devolviera. Sin considerar ni el tiempo, ni la distancia, ni mi presupuesto, alcé la voz para ofrecer comprar uno de ellos. 


Fui. 


Había sólo arqueólogos y algunos estudiantes. El calor y la lluvia eran intensos. Una torre, varios edificios y una pirámide llamada Templo de las Inscripciones donde Pakal, su rey más importante, había sido enterrado. 


Fui. 


“Prohibido sacar fotos”, indicaba un letrero, acompañado de unos jeroglifos indescifrables. Bajé por un pasillo hasta la cámara mortuoria. Una luz débil iluminaba el sarcófago tallado en piedra. Tomé mi cámara, la regulé y disparé. Un ventarrón golpeó mi espalda. Miré hacia atrás, un hombre con rostro de otro tiempo dijo algo en un idioma que no entendí. Me asusté y corrí. Afuera no había nadie. Entre la lluvia, la vegetación y los rayos del sol, la belleza del lugar comenzó a girar como en un lento remolino dentro de mi cabeza. 


Desperté en el hotel de Mérida. Al bajar a desayunar, me encontré con la señora que me vendió el pasaje. Me dijo que había regresado muy agitado, hablando en español mezclado con una lengua nativa, que narré el juego de pelota, que describí sacrificios humanos, los días de mercado, la fecha fatídica de la muerte de Pakal y una maldición para quien profanara la tumba del rey.  

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