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miércoles, 5 de febrero de 2020

Varanasi. Ciudad Sagrada. India. Día 13. Noche.


VARANASI. GHAT. OCTUBRE 2019











            Una vaca muerta quedó atascada entre dos lanchas que trataban de encontrar una buena posición para observar las cremaciones en uno de los Ghats de la ciudad sagrada. Rafo, sin despegar su ojo del lente de la cámara fotográfica, me dijo: "si tienes un enemigo, este es el lugar ideal para desaparecerlo. Lo tiras al agua y listo”. Hizo una pausa y me miró, “o lo cremas y tiras sus cenizas al agua para asegurarte del anonimato". Sonreí en un principio, pero luego lo pensé mejor y le di la razón; en el río Ganges, el río sagrado en el que todos esperaban morir, uno más no haría una gran diferencia.
En la tarde, Arturo, Roberto, Pablo y yo fuimos al Ghat que quedaba bajando del hotel a través de una trocha. El objetivo era sacar fotos, y observar lo que sucedía por la tarde a orillas del río. A Arturo, no lo vimos más. Pablo, su compañero de aventuras, nos dijo que sucedía a menudo cuando la cámara y los lentes de apoderaban de su espíritu.
Decidimos caminar por la orilla hacia el Ghat donde habíamos visto las cremaciones durante la mañana. Ahora, eran casi las seis de la tarde y el sol estaba por apagarse. Avanzamos sorteando la arena húmeda y los vasitos vacíos de té que se mezclaban con las flores que ya habían cumplido su rol ritual, y a una gran cantidad de gente que se aglomeraba por la orilla. Los Ghats, que son una especie de terrazas de cemento, se separan unos de otros por desniveles y se conectan entre sí por escalinatas al borde del muro de cemento que sirve para contener la crecida del río. Muchos niños jugaban y se bañaban en su orilla, los jóvenes elevaban cometas. Las mujeres indias comenzaban a retirarse y las pocas que quedaban eran turistas.
Nos acercamos donde se estaban produciendo las cremaciones. El entusiasmo nos invadió, seríamos testigos directos de una experiencia que pocos han vivido y que no podíamos imaginar. Un hombre de talla baja se acercó, vestía una camisa celeste de seda, pantalones negros y calzaba mocasines. Tenía la tez aceitunada en extremo y unos bigotes negros muy tupidos. Su voz clara le ofreció a Roberto ver todo desde un muelle, que no era más que una especie de espigón que servía para contener la corriente del río y donde se había improvisado una especie de mirador. Esperamos en vano que nos pidiera dinero, dijo que sólo lo hacía para ser gentil con nosotros. Pero su rostro se puso muy serio cuando nos dijo: "es importante advertirles que por ningún motivo pueden sacar fotos, porque este es un lugar santo y más allá del disgusto a los dioses por la impertinencia, hacerlo molesta mucho a quienes vienen a despedirse de sus difuntos".
Durante unos minutos me mantuve observando. La escena era la siguiente: el cielo oscurecía, una pira de madera estaba encendida y rodeada por varios hombres, hijos del fallecido, que se fundía entre los pedazos de madera que ardían con furia. Más atrás se preparaban otras cremaciones. Detrás ingresaban más muertos cargados por sus deudos en una especie de hamaca, los dejaban en el suelo mientras los dom, una casta cuya única función era hacerse cargo del ritual de acopiar madera, encenderla, procurar que ardiera lo más eficazmente posible y recoger las cenizas y tirarlas al río, tomaban el control de la situación. La escena me pareció muy extraña, mientras los niños jugaban a diez metros de distancia, media docena de cuerpos envueltos en finas telas, rociados con mantequilla líquida y aromatizados con fragancias especiales, se preparaban para pasar a mejor vida. No sentí ningún olor nauseabundo ni una imagen sangrienta, todo se hacía en una hermosa armonía en la que la muerte, el juego, el dolor, el fuego, la omnipresente basura y el río cumplían una función definida desde hace cientos o miles de años.
Detrás, nuestro anfitrión continuaba hablando: “los que están más adelante son los ricos, ellos tienen más dinero y pueden comprar más leña y lanzar las cenizas del finado a la diosa Ganges que lo purificará para mejorar sus posicioín o irse al cielo.  Los demás, dependiendo de su presupuesto y su casta, se van colocando hacia atrás, hasta que los más pobres lo hacen con poca leña. Hay veces que el cuerpo no se pulveriza, situación compleja porque solo las cenizas son las que encuentran salvación, entonces debemos ayudar a la familia con más leña para terminar el trabajo. Este Ghat es mío y yo me aseguro de que, incluso los intocables, puedan tener una muerte digna". Voltié y vi a Pablo intentando deshacerse de otro hombre, más menudo que nuestro anfiotrión, vestido con pantalón marrón, camisa color crema abierta hasta medio pecho y calzaba mocasines negros. Cuando le pregunté, me dijo que el hombrecito le había invitado para mañana visitar su fábrica de prendas de seda.
El canto proveniente de una voz masculina se asomó sobre una torre de baja altura en la base del muelle. Su presencia anunciaba la hora de la puja, el ritual que se realiza todos los días, sin excepción, al amanecer y a la hora que el sol desaparece detrás del horizonte. La extraña melodía mezclada con una especie de letanía imnótica, el sonido de las campañillas de bronce y el humo que se interponía entre todos, parecía querer tomar control de todos los cuerpos que se apostaban frente a ella. Roberto y Pablo se acercaron y me indicaron que sería mejor movernos de lugar, que atrás, en las escalinatas del muro del ghat, se podría ver mejor.
Desde la nueva posición la vista era más amplia. Los tres coincidimos que no podríamos irnos sin fotos, a pesar de la advertencia del pequeño hombre. En plena oscuridad, con varias piras de fuego encendidas y humeantes que iluminaban de una forma borrosa el ambiente, vimos llegar más cuerpos envueltos, con sus familiares detrás y ubicarse en los lugares que su estatus y prespuesto les permitían. El rito de la muerte nos tenía extasiados. Roberto apuntó el lente de su cámara hacia adelante, con la maestría de un fotógrafo de guerra, sin moverla de su costado, pegada al muslo derecho y captó varias imágenes del momento. Pablo estaba a mi lado viendo dónde apostarse para hacer lo mismo. Intentó un par de veces pero fue advertido por más de una persona a no hacerlo: preparar la foto perfecta requería elegir el lente adecuado, que se encontraba dentro de su mochila y luego hacer varias pruebas y, eventualmente, usar flash.
El crepitar del sándalo y de la madera se mezclaba con el lamento de los familiares. Las mujeres debían dejar el lugar para evitar que el espíritu de los muertos se quedaran vagando en la tierra por culpa de las emociones. Y fue en eso que un grito mezclado con palabras que no entendí congeló el momento, y todos corrieron hacia la orilla. Los botes que merodeaban se acercaron. Yo pensé que se trataba de una pelea y Roberto creyó que la multitud había visto al espíritu salir del muerto y que corrían para despedirse ver cómo se alejaba.
Le dije a Pablo, "este es el momento para sacar fotos, todos están distraidos y nadie se dará cuenta". El me dio la razón pero se quedó quieto, aun dudaba de hacer el movimiento. Tomé mi teléfono y comencé a fotografiar las situación simulando que chateaba con mi esposa. Pablo se alejó en dirección hacia donde se había movido el tumulto, pensado que la distancia lo podría eximir de ser recriminado por alguien. Y así lo hizo, se acercó a un poste, apoyó la mochila, cambió de lente y lo apuntó hacia las cremaciones. Roberto bajó y preguntó a una persona de qué se trataba todo aquello. El hombre, muy atento, le dijo que el río se estaba llevando a un niño que jugaba en la orilla, situación muy común cuando la luz nos es suficiente para que su madre lo vigile. En esta ocasión la criatura había tenido suerte. Roberto le agradeció y el hombre le estrechó la mano diciéndole que como indio nos daba la bienvenida y que éramos sus invitados y que no tenía nada que agradecer. Roberto le agradeció como quién lo hace con un gran amigo.
De regreso al lugar de las cremaciones, donde el camino era más oscuro por un techo de piedra que parecía salir del la tierra, un sujeto me sorprendió tocándome el brazo y luego frotando sus dedos en la manga de mi camisa, como quien hace para comprobar la calidad del material. Me preguntó dónde la había comprado. Yo lo miré sorprendido y molesto, primero por el susto y luego porque me altera sobremanera que un extraño haga eso. Noté algo oscuro en su mirada, sus ojos negros bailaban de un lado a otro y su inglés estaba salpicado por pausas y saltos. Insistió en dónde había comprado mi camisa sin soltarla. Me aseguré de que mi billetera y teléfono siguieran en mis bolsillos y lo miré incómodo: “qué te importa”. El insistió “¿en Varanasi?”. “En alguna parte”, le respondí y lo detuve en seco sacudiendo su mano de mi brazo. No insistió y tomó a Pablo, que venía detrás de mí y le dijo “tu amigo es astuto”, a lo que Pablo le sonrió. Pero el otro no había terminado: “aquí no nos gustan los astutos”, y desapareció en la multitud que iba y venía por la trocha que unía al ghat con el siguiente. 
Decidimos regresar al hotel. Mientras avanzábamos, vi que Roberto se había quedado atrás, le avisé a Pablo para esperarlo. Apareció hablando agitadamente con el mismo sujeto que hace unos minutos le ofrecía su hospitalidad. Ahora lo acusaba: “si sacas fotos tienes dos salidas, o haces una donación o te rompemos la cámara”. Roberto, abrió su billetera y le ofreció diez rupias a lo que el sujeto le exigió quinientas. Con Pablo lo rodeamos. El hombre insistió que Roberto había sacado fotos y Roberto le dijo que no, que no lo había hecho. El sujeto se puso más agresivo, alzó la voz y acusó a Pablo. “Tu amigo ha sacado fotos”. Pablo también lo negó. “Yo los vi”, gritó. “Te lo juro que no he sacado fotos” interrumpió Roberto. En ese momento, como si su voz hubiera sido la de Krisna, el hombre se detuvo y cambió su actitud y titubeando preguntó “¿lo juras?”. “Si”, respondió y le recordó que le había ofrecido su hospitalidad. El hombre movió la cabeza, les tomó la mano, la agitó nervioso, le regaló una sonrisa nerviosa y se despidió.
Aceleramos el paso. Nos habíamos alejado mucho del hotel para encontrar los ghats de la cremación y nos pesaba haber mentido. Recordé la voz de mi abuela: “donde fueras has lo que vieras” y “la mentira tiene patas cortas”. Y como si fueran amenazas premonitorias, fue que sucedió que vi pasar al mismo sujeto por mi costado como si fuera un perro salvaje detrás de una presa. “¡Roberto!” grité “tu cámara, agárrala fuerte”. Roberto volteó y su rostro se desfiguró por la sorpresa. El sujeto le dijo que le habíamos mentido y que quería ver las cámaras para comprobar que no teníamos fotos. En ese instante Pablo comenzó a disparar del obturador para tirar hacia atrás las fotos que nos podrían condenar. Roberto escondió la suya detrás de su espalda. El hombre gesticulaba y gritaba en voz alta cosas que no podíamos entener más que esto: “tienes que pagar una donación o te rompo la cámara”. Se acercaron muchas personas y entre ellas el hombrecito que le había ofrecido a Pablo ir a su tienda de seda. Pablo lo miró con alivio, pensando que lo podría ayudar, pero la única intención era confirmarle la invitación a su tienda de seda. Pablo no supo qué decir y voletó donde estábamos. “Haz hecho algo prohibido, haz sacado fotos a las cremaciones, estoy enojado por eso”. “¿Por qué pides plata?, ¿quieres plata?”, pregunté amenazante. La situación parecía llegar al límite cuando los tres lo acorralamos y este dio un paso hacia nosotros. La gente se aglomeró a nuestro alrededor y vi que todo podría terminar mal. “Vamos a la policía”, dije. En ese momento se produjo un silencio que pareció durar una eternidad y el hombre respondió, “vamos”. Hice la finta de que me desviaba al camino de salida al pueblo y lo miré seguro de lo que estaba haciendo. “Vamos a la policía”. “Que venga para acá”, respondió. Y fue en ese instante de titubeo que decidimos alejarnos, mejor dicho, escaparnos. Atrás se quedaba gritando, quizás tan nervioso como nosotros, ante la situación. Es posible que su única intención era aprovecharse de tres turistas ingenuos y sacarles dinero.
Aterrados de miedo, corrimos después de desaparecer detrás de un muro entre un ghat y otro. Comecé a transpirar. Evaluamos opciones, ¿nos seguirán? Seguro que si, el sujeto estaba indignado y, peor, humillado. Quizás iba a pedirle a sus amigos darnos una paliza. Recordé la mañana y la conversación sobre lo fácil que es morir en este lugar sin que nadie sepa más de nosotros. No hizo falta mencionarlo para ver que los tres estábamos sintonizados en el miedo, quizás el sentimiento que nos une más allá de toda duda. Avanzamos rápido. El regreso se hacía eterno. Todos lo indios se comenzaron a parecer a aquel sujeto. Aquí y allá veíamos caras sospechosas y con intención de seguirnos, delatarnos o, simplemente, enfrentarnos. “Busquemos un lugar donde escondernos”, dijo Pablo que a esa altura era el único que tomaba decisiones. Segundos, quizás un par de minutos se hicieron eternos ¡Cómo cambia el tiempo de velocidad!, cuando uno necesita que vaya rápido hace lo contrario y viceversa. Vimos una pizzería, pensamos lo mismo, pero Pablo enrumbó hacia ella. ¡Lo mismo pasa con la distancia! ¡Cuán lejos quedan las cosas que uno necesita! Hasta que llegamos: era lo suficientemente occidental para saber que habían más turista y sus muros eran lo suficientemente altos para escondernos detrás de ellos. Ingresamos, pedimos agua, y nos calmamos. Pablo fue a ver si la salida del otro lado daba a la calzada que nos llevaría al hotel. Asintió. Suspiramos de alivio.
Caminamos los cien metros más largos de nuestras vidas y recién, cuando traspasamos las puertas del hotel, sentimos un alivio mayor, a pesar de que, en lo más profundo de nuestra existencia, seguimos creyendo que aquel indio y sus amigos nos podría encontrar y ajusticiar en cualquier momento.

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