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sábado, 2 de junio de 2018

El Silencio y la Paternidad.



Atardecer en el Salar de Uyuni.

“Papá, lo más increíble de este lugar es el silencio”, me dijo Tomás mientras caminábamos por el salar. La inmensidad y la lejanía contrastaba con la vida de los dos en Lima. Él, con su colegio, su adolescencia, sus amigos, su deporte, su “play”, sus series y yo con el trabajo y la saturación de responsabilidades cotidianas que se combinan, a su vez, con la vida en familia y los panoramas que aprietan las posibilidades de estar juntos y darnos un tiempo para los dos.

Efecto Doctor Strange: Salar de Uyuni

“Mira esos colores”, dijo en otro momento, apuntando al cielo. En Lima, ciudad monocromática y en los viajes que hemos hecho al interior o al exterior, la agenda no se centró nunca en mirar y registrar lo que observamos, sino en divertirnos entre nosotros y con quienes viajábamos.

Dakar

Quizás ese fue el motivo central del viaje que hicimos. Quizás por eso elegí ir con Tomás y no con la familia. Fue una decisión impulsiva, sin dudas, tal como cuando de muchacho decidía tomar mi mochila e ir a cualquier lugar que me provocase. Una excusa perfecta para romper la rutina, haciendo algo que nunca habíamos hecho (sacar fotos), en un lugar que no estaba en ninguna lista de posibles destinos (Salar de Uyuni, Bolivia).

4.500 msnm

“Me duele la cabeza, siento que me va a explotar”, me confesó en el cuarto, con cinco grados bajo cero, en la noche, después de un día agotador. La altura lo estaba venciendo y eso lo desesperó. Me puso en una disyuntiva importante. Encontrar la solución no solo a su calvario actual sino a la proyección del día siguiente. Seguiríamos subiendo y eso lo desesperaba. A mi también. Todo se iría al tacho de basura si lo único que recordaba era su dolor de cabeza y el frío.

Casa altiplánica de Bruce Wayne.

“Nos regresamos a Uyuni”, le dije con la firmeza de quien tiene todo resuelto. La verdad es que no tenía nada muy claro ya que una decisión así no estaba en los planes de nadie. La expresión de Tomás se relajó, respiró el oxígeno del balón con más ganas y se echó a dormir.

Coordiné con Arturo, el líder de grupo y Mauri, el jefe de la logística. Al día siguiente nos embarcamos aprovechando que este úlyimo debía regresar para recoger algunas provisiones para los siguientes días. El grupo siguió adelante.

Llegamos a Uyuni. Nos recibieron como si viniésemos de la guerra. Subimos al cuarto, prendí la calefacción. Tomás se acostó, prendió la tele, se durmió. Era el día de la final de la Champions League y lo animé a salir a verla a un restaurante. Lo hicimos. Luego salimos a dar una vuelta por la ciudad. “Mira papá, ese edificio parece la versión altiplánica de la casa de Bruce Wayne”. Nos reímos. Creo que los dos nos comenzamos a sentir cómodos en la altura. Empezó a refrescar, caminamos al hotel. Nos dimos una maratón de películas hasta que se acabó el día. Ya estaba recuperado.

Noni´s . Desayuno asegurado.

Nos levantamos y fuimos a desayunar al Noni´s, un lugar para mochileros. Comimos bien. Coordinamos la camioneta que nos recogería y alcanzamos al grupo en la isla Incahuasi, al medio del salar. Allí estaban todos, esperándonos para seguir adelante en lo que quedaba del día. Sentimos el espíritu de cuerpo, la calidez, las ganas de reírnos y rematar bien la aventura que terminaría esa misma tarde en el aeropuerto.


El grupo de viaje en pleno.

¿Qué sucede en el momento y qué queda después de una experiencia como esta?



Lo primero es en el transcurso de los acontecimientos en el presente continuo. No solo compartimos consejos y vivimos un tiempo a solas con Tomás, sino que convivimos. Y la convivencia es algo especial porque el silencio se transforma en un actor fundamental. En el silencio se daba la complicidad, la compañía, la relación, el disfrute de la comida, el alivio del sufrimiento.




Lo segundo es la libertad y la dependencia que gozamos los dos en relación al otro. Le di grados de libertad que me fueron devueltos en grados de libertad. Lo hice responsable de lo que le tocaba en el viaje y él me demostró que estaba listo para yo despreocuparme de él en esos aspectos.




Lo tercero, la mezcla del lugar y la gente. Lo impresionante del entorno y lo particular del contexto. La inmensidad del salar, de los volcanes, de la altura, del sol, de las estrellas y lo íntimo de la complicidad que creamos entre nosotros y con el grupo con el que viajamos.

Nunca sabré a ciencia cierta qué le quedó a Tomás de esta experiencia. Su silencio es el mío y en eso somos iguales y cómplices. 

Me atrevo a decir que aprendí tanto o más que él, porque esto de ser padre se aprende todos los días. Uno no nace con manual, solo con el impulso de hacer todo lo posible para que tu hijo sea mucho mejor que uno. 

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