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jueves, 1 de septiembre de 2011

La rebelión de los estudiantes en Chile, mi nueva tablet y un café turco.

La semana pasada, mi esposa me comentó que la cuponera con los stickers necesarios para poder canjear una tablet Galaxy de Samsung estaba completa. Dijo que había que agregar un tanto más de dinero y era nuestra.

¡Canjéala! Le dije, angustiado por la posibilidad de perderme esta gran oportunidad de tener algo que no sabía muy bien para qué serviría (como sucede normalmente con las promociones).

Una vez llegó a casa, se quedó dentro de su caja por una semana. Nadie le dio pelota, hasta el sábado pasado que me desperté más temprano que de costumbre. La tomé en mis manos, apreté el botón que la enciende y me encontré con el androide. La experiencia de enfrentar por primera vez a un aparato tecnológico es similar al que se experimenta al conocer la nueva casa, ver a la enamorada vestida de blanco en el altar, al esperado hijo salir de la madre o cuando se llega a un lugar con un paisaje que no habías visto antes.

La contemplé antes de comenzar a interactuar con ella.

Llamó mi curiosidad la pantalla de siete pulgadas ¿Cómo se verían los videos y películas, para los que el celular es tan deficiente y la laptop tan incómoda?
Pasaron unos minutos y la bestia estaba domada. Miré el reloj. Las siete y cuarto. Todos dormían: mi mujer, los niños e incluso Emilia que, con sus diez meses ya debía haberse despertado para su leche matutina. Me mudé a la cocina, llevé la tablet y la laptop, aun necesaria para hacer los trabajos rudos. Mientras se encendía, puse a hervir agua, saqué la cafetera, la bolsa del café que había comprado en La Merced, el azúcar y mi tazón preferido.

Silencio.

Pensé que Nescafé debería hacer una campaña con Windows, algo así como “mientras se inicia Windows, prepara tu Nescafé de siempre”, o mejor, “por la compra de un computador con Windows te regalamos un año de Nescafé, gratis”.

Espera.

Ya conectada con internet, me pregunté qué información debería bajar. Si tenía buena resolución, lo primero sería ver videos. Entré a Youtube y recordé los programas que nunca pude ver en la tele, ya sea porque daban la novela de mi esposa, los infantiles de mi hija nueva o por culpa de los horarios.

Uno tras otro bajaron los capítulos llenando los tubitos de color azul. El agua estaba por hervir y mientras tanto recordé la señora que me atendía en el cafetín “El Bombón Oriental” de mi añorado Santiago. Seguí mentalmente las instrucciones: echar el agua caliente en una jarrita de metal, agregar una cucharada sopera de café molido extrafino por taza, azúcar a gusto, revolver y dejar sobre el fuego hasta que salga el primer hervor. Retirar y servir.

Existen pocas cosas tan agradables como el olor a café turco y ver cómo el polvillo se precipita al fondo.

El disco duro había almacenado algunos videos que, luego de un corto ida y vuelta del mouse por la pantalla, logré trasladar a la memoria de la tablet. El reloj que marcaba las siete y media. Bien, pensé, si las cosas salen como espero tengo una hora para regodearme.

Un reclamo a lo lejos rompió el silencio. Pero todo estaba preparado, incluso la leche que había procurado tener lista mientras el café se hacía y los programas descargaban. Corrí al cuarto antes que alguien se despertara. Llegué a tiempo y en menos de dos minutos la botella estaba vacía y la bebe durmiendo como si hubiera comido en un placentero sueño.

En el momento que me aprestaba a apretar “play” me topé con el penúltimo número de The Clinic que me trajo un amigo de viaje y había dormido al costado del horno microondas. En su editorial, Patricio Fernández, comentaba los hechos de las revueltas estudiantiles en Chile a la luz del paradigma tecnócrata que, desde los ochenta, domina el país y lo ha llevado a un sistema que no propugna el bienestar del individuo. Hace mención de la necesidad de la presencia de los filósofos que son capaces de poner a este al centro del dilema social. Así, enfrenta ambas visiones, excluyéndolas mutuamente, dejando al ser en cuestión indefenso frente a su medio y con la única opción de rebelarse de una forma explosiva ante la situación que lo expone a su propia incompetencia.

Serví más café y reflexioné un buen rato sobre el asunto: todos hemos sido jóvenes y la vida en sociedad nos pone una trampa desde que nacemos y de la que es muy difícil salir.

Lo que viene después es media hora de la visión de dos videos que, al unirlos, le dieron mucho sentido a lo que había leído antes en el papel.

Richard Dawkins, el famoso biólogo evolucionista, autor del Gen Egoísta y ateo declarado, se encuentra en una cruzada fundamental ante lo que considera el mundo supersticioso. No rechaza la posibilidad de aceptar cualquier fenómeno que nos parezca mágico y requiera de una explicación para comprenderlo, sino que existan posiciones y personas que se nieguen a la posibilidad que muchas de ellas sean supersticiones sin sentido. El programa de cinco capítulos es estupendo y desnuda la charlatanería que, consciente o inconscientemente, mella lo que él llama la verdad y la realidad. Narra el experimento que presenta la característica, antes extrasensorial y mágica, de los murciélagos de guiarse y ver a través de ondas sonoras. Así, lo que antes se consideraba un poder extraño, se le encontró explicación, sentido y justificación natural: sin esa capacidad, el bicho se extinguiría o mutaría. Dawkins afirma que la ciencia, a diferencia del dogma supersticioso, está abierta a descubrir e integrar todos los fenómenos que presentan evidencia clara e inequívoca, como también de rechazar a los que no pasan la prueba. Afirma que el método científico es el único que permite avanzar de forma segura en esa senda.

Saqué unas galletas para acompañar el café. Pensé que sí, que el método científico nos ha llevado paso a paso, progresivamente, mediante las ideas que se convierten en hipótesis que se ponen a prueba mediante experimentación y se validan por medio de la evidencia. Esta forma de ver el mundo ha tenido grandes consecuencias. Muy buenas en la ciencia y no tanto en los mortales comunes y corrientes. El hecho que la ciencia y su hija, la tecnología, hayan decantado en una sociedad tecnocrática, en la que el “método de gestión de la máxima ganancia” se haya orientado al desarrollo de una mano de obra cada vez más calificada y especializada, tuvo como consecuencia la promoción de una educación orientada a la praxis donde el aspecto racional de nuestro ser era esencial, ya que era el único capaz de amoldarse al modelo de cero error y trabajo programado. Dentro de esta idea, la calificación para el puesto se ha convertido en el verdadero estigma de los últimos veinte años en la sociedad occidental, donde la única forma de avanzar en la vida es agregando títulos a los que ya tenemos, a lo que Sir Ken Robinson define como un proceso inflacionario que no tiene para cuándo acabar.

El segundo video era de este señor y propugna que hoy, al tener todos acceso a la alfabetización, la revolución se dará en la recuperación de una capacidad que nos propusimos atrofiar a favor del modelo mecanicista del mundo, de la capacidad que nos ha permitido avanzar en la lucha evolutiva y llegar a las cotas que hoy nos encontramos. La creatividad es el desafío de la educación. Sir Ken imagina que al estar todos interconectados tecnológicamente como lo estamos hoy, mediante una red similar a la neuronal, la creatividad individual será la base para desarrollar organizaciones de todo tipo, que no dependerán del gurú de turno (léase Steve Jobs, Richard Branson o Ratán Tata) sino de las mentes y cuerpos entrenados para resolver problemas, tomar riesgos, aprender y enfrentar situaciones inciertos.

Tomé más café y tuve una idea.

Las movilizaciones en Chile tienen un gran argumento que nadie ha esgrimido, pero que late en cada uno de los afectados: la humanidad contenida en el cuerpo de los jóvenes, siempre en ebullición por su condición y su momento, está cada vez más lejos de una realización vital, a pesar de contar con todas las facilidades para acceder y controlar el mundo que sus padres les ofrecen. Rechazan viceralmente el destino escrito por un sistema que funciona pero que de humano no tiene nada: vivir para comprar títulos durante toda la vida. para avanzar profesionalmente, hipotecar su futuro mediante los créditos que toman para vivir el presente no es algo que alguien desee para sí. Se sienten ahogados (como yo me sentí alguna vez también), no tienen la posibilidad de mandar todo a la punta del cerro y hacer lo que quieran con lo único que realmente tienen y le es propio: su vida y futuro.

Demandan algo de magia para sus vidas, de incertidumbre y libertad.

La marcha la justifico porque el sistema en el que viven los condiciona hasta la muerte y quieren que de alguna forma se flexibilice.

¿Por qué la educación paga el pato? Bueno, porque es desde allí donde ellos perciben todas las fallas. Desde su “middle world” (término que utiliza Dawkins en un video aparecido en las conferencias TED hace varios años) ven toda su vida y escuchan todos los capítulos de esta historia viva que no se deja cerrar. Gracias a ella su familia es condenada a vivir sin vacaciones, sin fines de semana, revisando el monedero todos los días para no gastar de más y tener para la pensión de sus hijos. Ellos ven a sus padres sacrificarse por ellos y ellos, con humana razón, no quieren que eso suceda con sus hijos.

(Comentario aparte: detestables son los parásitos e inútiles líderes sindicalistas que buscan en estas marchas un beneficio político. Mal por ellos.)

Suspiro.

Escucho sonidos a los lejos.

Buenos días princesa. Hola campeón. ¿Qué tal dormiste amor? Mi bebita preciosa…

Comenzó el día.


2 comentarios:

Aquiles Martin dijo...

esos videos del tío dawkins son buenazos, pero imagino que más más buenazo estuvo el café!

Zejo dijo...

Buena entrada. Una de las mejores que te he leído.