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viernes, 29 de abril de 2011

Quiere tu voto


Intento desesperadamente comprender los motivos por los que la gente de este singular país haya votado de la forma que lo hizo en la primera vuelta de las elecciones presidenciales.

¡Qué afán de patear el tablero sin medir las consecuencias! Lo puedo entender en una persona que tiene como horizonte de gasto el sueldo mínimo o que su vida dependa del largo de la cola de atención de un centro médico público. La existencia es precaria para ellos y no les da más opciones que reaccionar con desesperación o basados en su angustiante existencia.

En estos momentos es cuando decido buscar y rebuscar respuestas que de alguna forma alivien el desequilibrio que no me deja vivir tranquilo y mastico las palabras de Pascal cuando intentaba explicar la naturaleza de las decisiones humanas diciendo que “el corazón tiene razones que la razón desconoce”.

Solo hasta hace unas semanas los temas de conversación privados y públicos eran positivos, expansivos, donde la comida, el turismo, la economía, la cultura y tantas cosas más llenaban no solo las páginas y los noticieros del país, sino del mundo entero. El modelo demócrata – liberal de mercado comenzaba a dar sus primeros frutos y entre ellos, la estabilidad era uno de los principales. Cada uno veía la vida avanzar previsiblemente y bajo un marco común con reglas conocidas que costó casi una generación comprender y asimilar.

En este marco, uno tenía la certeza que con una buena idea y una oportunidad podía salir adelante. Si los medios no nos escondieron nada e hicieron bien su chamba, el saldo entre lo bueno y lo malo era más que positivo, miles y miles de peruanos salieron de la miseria para convertirse en el motor del país que era una estrella hasta hace un mes.

Pero lo cierto es que no fue así: la realidad era más compleja que una portada optimista o negativa, más profunda que el sesudo análisis de un experto de izquierda o derecha.

Encontrar oportunidades en un principio no es tan fácil, pero vamos, la cosa caminaba. Miles y miles de personas estaban saliendo adelante, el espíritu encontró tierra fértil para cosechar el esfuerzo de horas y horas de trabajo que estaba siendo cada vez mejor recompensado.

En un mundo así, donde la estabilidad daba cabida a la proyección del futuro como nunca antes había sucedido, este se alargó tanto que nos hicimos dueños de nuestras vidas. Planificar se convirtió en un concepto que se instaló en cada uno. Ya no era el Estado (quien siempre lo hizo), sino nosotros mismos, soberanos de nuestros cuerpos y mentes quienes nos hicimos dueños de nuestra existencia.

Hasta una semana antes de la primera vuelta.

El modelo de mercado, de democracia y libertad avanzaba y, como una locomotora, arrastraba furiosa y llena de energía décadas de despilfarro, miopías y egoísmos radicales.

Avanzó así por algunos años. Diez años para ser precisos.
Una década es una eternidad en el Perú. De los sabios ancianos que conozco ninguno recuerda tanto tiempo de estabilidad y unos aseguran que esto nos llevó a entrar en un sopor de aquellos que nos invaden los días domingo entre las seis y las nueve de la noche.  La estabilidad aburre como nos aburre nuestra pareja en tiempos de calma y rutina. Y nos olvidamos que, cuando hay amor y valor compartido, ella nos hace mejores personas.

¡Vamos más rápido o hagamos otra cosa! solemos decirnos, sobretodo los hombres caracterizados por la poca paciencia y los sentimientos impulsivos con el que fuimos programados por la naturaleza y dejamos de lado la sabiduría de la mujer que nos aconseja ser cautos y ver la vida de forma conservadora cuando va bien.

Pienso… pienso y llego a Chejov.

Recordé que en uno de sus cortos y concisos relatos había una clave. Busqué y rebusqué hasta que di con la explicación que ninguna de las sesudas reuniones con expertos y famosos colegas encontré.

Frente al librito de cuentos, de esas compilaciones que están repletas las librerías de mala muerte, recordé un relato de cual había subrayado una idea hacía años. Pasé las páginas buscándola y di con la sentencia que resumía en una parte capital la condición para tomar decisiones amorosas: “Cuando ocurre que uno ama mucho y al otro le es indiferente, entonces hay algo hermoso, conmovedor y poético… Si al revés, sucediera que las dos personas se amaran con la misma intensidad y fueran felices, seguramente se volverían seres aburridos.”

Eso es. Uno se relaciona amorosamente con las ideas pero la realidad, la aplastante realidad, nos impone valles de calma y rutina. Tedio y angustia son los peores enemigos de la humanidad, decía Heidegger. Ellos gatillan las reacciones que atentan contra la misma existencia. Son los desequilibrios que la naturaleza humana a creado para que, dado el momento adecuado, actúen inhibiendo la razón. El tedio, nuestro tedio, ha sido el causante de este desastre.

Buscamos hacer más emocionante nuestra vida. Los aburridos nos enfrentamos unos a otros, como si hubiésemos decidido realizar un campeonato de fútbol, un triangular, y se nos olvidó que había otros dos equipos invitados por los organizadores.

Quienes representan la angustia del país nos miraron tranquilos, algo de sabiduría los inundó y esperaron a que nos devorásemos invadidos por la irracional certidumbre que nada cambiaría.

Y la angustia llegó a la final sin haber jugado un solo partido.

Ahora no sabemos qué hacer. Fuimos embaucados y nos dejamos embaucar. Cuando la vida nos pone frente a una situación límite, el corazón se acelera, buscamos argumentar la elección del camino inviable bajo supuestos avalados por la fe ciega que nos embarga al inventar y volvernos creativos. Porque en los límites de las situaciones es cuando la ilusión se inflama y con ella los argumentos para aceptar las conclusiones más alucinadas. Los momentos claves de la vida son de desequilibrio, de ellos uno aprende más y le quedan grabados a fuego en el corazón. Son los motivos que nos mantienen atados a la vida y transmitimos a nuestra descendencia.

¿Qué haremos?

La angustia se ha adueñado de nuestra existencia.

¡El tedio fue el culpable! ¿Qué hubiera pasado de salir dos candidatos pro sistema? Las elecciones serían un mero trámite y pasarían a la historia como el ejemplo de la madurez cívica de un pueblo con más de diez años de estabilidad social, política y económica.

¡Qué aburrido!

Pero ahora las cosas son diferentes. Ante la evidencia de la existencia y posibilidad de los dos candidatos de la angustia, de los extremos, de hacerse del poder, las hormonas se nos han revuelto y nos vemos tentados a profanar e incluso echar de nuestras vidas aquella pareja que nos estaba convirtiendo en mejores personas.

La angustia nos ciega y desorienta.

¿Por quién votar ahora?

Más allá de las personas y de las promesas está el modelo de vida que queremos llevar. Es que la tentación de patear el tablero es enorme. Nos convertimos en Hamlet cuando busca los favores de Ofelia.

Imaginemos que el candidato es el príncipe. Imaginemos que la bella Ofelia somos nosotros y que tenemos algo que el príncipe quiere. Imaginemos a Polonio, su padre, como el consejero de la doncella tentada en entregarse a su ardiente pretendiente: “Cuida de ser más avara de tu presencia virginal – le dice el celoso padre-; pon tu conversación a precio más alto y no a la primera insinuación admitas coloquios… no creas en sus palabras,… son intercesoras de profanos deseos.”  

Y continúa el protector advirtiendo a su protegida sobre el venal hombre: “Cuando la sangre hierve, con cuánta prodigalidad presta el alma juramentos a la lengua; pero  son relámpagos, hija mía, que dan más luz que calor…”

No perdamos el norte, no nos dejemos cegar por el candidato y sus palabras que, como Hamlet, está dispuesto a decir lo que queremos escuchar con tal que le otorguemos nuestros favores, le regalemos una noche ardorosa y placentera y, al día siguiente, cuando le pidamos que cumpla lo que ofreció nos mire despectivamente y nos diga que ya obtuvo lo que quería.

Tu voto.

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