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jueves, 9 de abril de 2020

Cuarentena

Sebastián despierta. El sueño se hace liviano cuando los mirlos le avisan que está amaneciendo. Se acomoda, siente el colchón en los muslos desnudos, lleva sus manos al pecho, estira las piernas bajo la sábana, sus pies rozan los de Sofía, que duerme profundamente. Allí está. Le gusta sentirla cerca a pesar de que a veces no lo estén.


Los perros del vecino ladran. Simón salta de la cama. Sus uñas largas rasguñan el piso de madera. Corre al jardín para ladrar con sus amigos. Zeus, el chihuahua que duerme con Eva, se le une.


Gira y levanta el teléfono para revisar algún mensaje que pudo quedar suelto después de cerrar los ojos. Ahí está la gente desesperada por comunicarse, por compartir sus pensamientos y opiniones, por expresar sus sentimientos. Soy como ellos, piensa. ¿Cuántos más estarán mirando en silencio, escondidos detrás del anonimato de una pantalla y del tiempo que parece sobrar?


El viernes el presidente anunció que la cuarentena se prolongará por dos semanas más. Dos semanas más con su mujer, sus hijos, su nana y con sus dos perros. Su verdadera familia, piensa, analizando la parte positiva del asunto. Regresa al cálculo mental de sus ahorros, abre con su memoria la alacena e intenta visualizar las reservas de comida y estima la carga de trabajo pendiente y la que debe generar en la semana para justificar la estabilidad de su empresa.


Se destapa lentamente y se baja de la cama. No quiere despertar a Sofía. Camina al baño, se saca la pijama y se viste con ropa deportiva. Desde el primer día de confinamiento él y su mujer se pusieron de acuerdo en que debía existir una mínima rutina para mantener el orden familiar. Y eso incluía hacer ejercicios siguiendo las clases a las que se habían suscrito por internet.


¿Qué estará pasando afuera? A lo lejos pasan algunos autos. Gente que se expone al virus para comprar lo indispensable. La última vez que salió fue hace una semana, en bicicleta, con una mascarilla que le cubría la nariz y la boca y unos guantes de látex que se puso antes de tomar el carrito del supermercado. Compró huevos, fruta, carne y cerveza. Ese día prendieron la parrilla.


Baja a la cocina. Camina hacia la alacena y la escudriña haciendo una comparación con sus recuerdos. Hay más cosas por allá y menos por acá. Falta café, se dijo, al ver el pomo casi vacío. Lo lleva a la mesa. Toma el azucarero, va por una cuchara, abre el cajón que contiene una cafetera. Alcanza para dos tazas. La llena de agua, la calienta por dos minutos y medio en el horno microondas. Sirve un poco de azúcar y espera que se disuelva. Las paredes de vidrio sobre el agua se empañan y desempañan como el aliento contra el espejo en invierno. Echa dos cucharadas de café y las observa flotar sobre el agua. Ve como se desprenden algunos granitos molidos que parecen caer y luego suben siguiendo una ley física diferente a la de la gravedad. Introduce lentamente la cuchara en medio del monte oscuro que insiste flotar. La presión hace que todo se desplome y se produzca un breve caos que termina cuando la prensa empuja todo el polvillo hacia el fondo.


Camina al escritorio y toma un libro que le ha recomendado un escritor español. El Gatopardo. Recuerda que sucedió a través de una conversación por Twitter. Se encontraba en el aeropuerto de Santiago, un año atrás, de regreso de la visita que le había hecho a su padre convaleciente. Estaba leyendo, sentado en una de las butacas en la sala de espera, minutos antes de embarcar. Recuerda la textura áspera de la tapa color azulino y las letras blancas repujadas y de las que se podía leer el título y el autor a varios metros de distancia: Muerte en Venecia, Thomas Mann. Revive el sentimiento que le produjo aquella obra, la nostalgia de una época que ya no existe y que es observada a través de la vieja memoria del protagonista, hasta el momento en que una peste implacable ataca la ciudad y la obliga a entrar en cuarentena, con él adentro y asumiendo una muerte lenta que no quiere evitar. Antes de subir al avión, casi por instinto, tomó el teléfono y transcribió en pocas palabras la emoción que lo embargaba, pidiendo la sugerencia de una lectura similar al famoso escritor. La respuesta no se hizo esperar.


Acomoda todo en una bandeja y la carga hasta la terraza. Allí se sienta en la silla de la cabecera del comedor. Simón sube las patas, recibe el cariño que pide y se echa a sus pies. El sonido del café rebotando en si mismo mientras colma la taza se mezcla con el de los pájaros que nunca ha visto y que se esconden detrás de los ficus que alcanzan proporciones salvajes en esta parte de la ciudad. Recuerda la voz de su madre y su asombro sobre la altura que algunas plantas y árboles alcanzan en su jardín. A esa hora despiertan muchos recuerdos, pero elige abrir el libro.


Le queda un poco menos de una hora para que todos bajen y la mañana se divida por primera vez. Toma un sorbo de café, lo saborea. Recuerda el primer año de universidad, cuando aprendió a tomar el café cortado. De aquellos años a hoy lo ha probado de muchas formas y en muchos lugares. Es un sabor que lo ancla como lo hace la voz de Sofía, los recuerdos de su niñez y el rostro de sus hijos. Lee: “como un vino viejo, la riqueza había ido depositando en el fondo de las cubas las heces de la codicia, los afanes e incluso de la prudencia, de modo que solo quedaba el entusiasmo y el color”. Avanza un poco y se detiene: “Morfina era el nombre que habían dado a ese tosco sucedáneo químico del estoicismo pagano, de la resignación cristiana”. Hace una pausa. Agradece en silencio a Pérez Reverte por haberle recomendado El Gatopardo.


Escucha crujir la escalera. Bajan vestidos para hacer ejercicio. Lucas carga el parlante y la computadora. Josefina su toalla y las horas de conversación con su novio. La menor, con sus ojos chispeantes y decididos, deja su botella de agua sobre la mesa. Mientras el adolescente conecta los equipos electrónicos, los demás se ponen de acuerdo con qué rutina de ejercicios arrancará el día. Se ubican en el lugar que los días de práctica les ha acostumbrado. La música sale fuerte de la bocina, las palabras cargadas de energía de los instructores indican qué hacer. En los movimientos de la familia uno se notan los lazos genéticos, la herencia recibida los hijos de sus padres. Sebastián se concentra en la pantalla. Intenta llevar el ritmo. Sofía lo corrige de vez en cuando. El sudor comienza a caer de su frente, el cabello se humedece, el polo se enfría por la ventisca que lo roza. En un momento siente que el aire le falta. Se detiene como ha sucedido desde que arrancaron los entrenamientos diarios. Le falta aire. Tiene el cuerpo más desgastado, son años de trabajo, de obsesión con el uso del tiempo, de cerveza, de café y de almuerzos lejos de casa. Intenta respirar profundo, llenando sus pulmones con un truco que le enseñaron hace mucho. El oxígeno no entra a su cuerpo. Se pone de cuclillas, lleva sus rodillas al pecho.


Se desploma.


Sofía y sus hijos se detienen. Mudan sus rostros. Grita, llama a Eva. Josefina se acerca y mira los ojos inyectados de sangre de su padre. Eva llega con un vaso con agua y azúcar. La menor se pone a llorar. Lucas corre a buscar un teléfono. Sofía llama a un doctor. Parece una eternidad, pero la eternidad no alcanza. Voltean su cuerpo y lo dejan mirando hacia arriba. Sofía lo ausculta siguiendo la instrucción de la voz del otro lado del aparato.


Sebastián mira de lejos, escucha, observa impotente las lágrimas de su pequeña hija. La quiere abrazar, decirle que no llore, que no vale la pena. Mira a Lucas, petrificado, de pie como un soldado, atento a las instrucciones de su madre. Siente la mano de Josefina en su nuca rascándole el pelo como tanto le gusta. Simón y el chihuahua le lamen la cara antes de que los echen.


El cuerpo de Sebastián se sacude suavemente. El aire deja sus pulmones y el corazón no puede bombear oxigeno. Sus órganos fallan y caen uno tras otro como fichas de dominó. El brillo del día y el silencio de apoderan del jardín. Todos se arrodillan a su alrededor. Intenta una sonrisa. Balbucea "los amo" y cierra los ojos para siempre.


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