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domingo, 6 de agosto de 2017

Sigmund Freud, Adolf Hitler y Josef Stalin conversaron en un Café en Viena.

Café Central, Viena.


En abril de 2013, la BBC publicó la noticia que en el verano de 1913 coincidieron en Viena, cuando la ciudad aun era la capital de imperio Austro-Húngaro, Josef Stalin, Adolf Hitler, Sigmund Freud, Josip Bros y Lev Trotsky.

Mucha gente lo tomó como una anécdota de esas que los medios sacan de vez en cuando para incrementar su lectoría, sin embargo, me di el trabajo de investigar un poco más y me encontré con la crónica de una conversación que no tiene parangón en la historia del siglo XX y que, probablemente, gatilló el curso de lo que sucedería en los siguientes setenta años, hasta la caída del muro de Berlín.

Comparto con ustedes las páginas escritas por el autor, un tal Chikan Sagastegui. Me reservo el derecho de dar más información sobre él y dónde encontré este increíble documento.





1.-

Acabo de salir de un café, un hermoso y antiguo café, y he llegado a mi habitación con el impulso de escribir todo lo que vi y escuché sobre la conversación entre Sigmund Freud, Adolf Hitler y Josef Stalin.

El lugar estaba repleto. El ruido de las voces, el repiqueo de las tazas, los vasos en las bandejas y el humo de los cigarrillos llenaban el ambiente y lo aislaban de la nevada que cubría las calles de la ciudad. Me senté a unos metros de Sigmund Freud. Debía rondar los cincuenta años de edad. Su cabello encanecía y usaba unos lentes redondos que le otorgaban un aspecto de profunda inteligencia. Tomó el periódico y lo levantó lo suficiente para convertirlo en un biombo que lo separó del resto.

Mientras intercalaba mi atención entre la enorme taza de café negro que me habían servido, la posición de Freud y el movimiento de las personas que entraban y salían por la pesada puerta batiente de madera y cristal, entró al lugar un hombre de mediana estatura, con cabello enmarañado, una mirada viva detrás de unos lentes protegidos por un delgado marco de metal y las manos en los bolsillos. Detrás venía otro, unos diez centímetros más bajo, mal vestido y con un semblante que le daba un aspecto de oscura vivacidad.

Eran Lev Trotsky y Josef Stalin.

Trotsky se sentó en una mesa y Stalin se quedó de pie, ya que no había una silla para él. Después de unos segundos, Stalin decidió avanzar hasta una barra cercana y esperar. Al costado de la barra se ubicaba la mesa de Freud. Él había notado el ingreso de los dos hombres. No era común recibir visitas de su tipo, vestidos a la usanza bolchevique, en un lugar de reunión burgués como era el Café Central.

- Venga, siéntese aquí, mientras espera que termine su amigo.

Stalin se quitó su gorrita en señal de respeto y tomó asiento mientras Freud levantaba nuevamente el periódico para aislarse del mundo. Stalin observó a un lado de la mesa un cuaderno de tapa negra, abierto de par en par y escrito con una letra imposible de descifrar y, al otro, un libro. Se titulaba “El Carácter Neurótico” y lo firmaba Alfred Adler.

Freud hizo una señal al mesero para que trajera algo. A los minutos regresó con dos tazas de café y un kaiserschmarrn. Freud retiró el periódico y miró a Stalin indicándole que se sirviera.

- Muchas gracias, Herr Adler. – dijo Stalin.

- Doctor Freud. – Freud corrigió de inmediato, a pesar que notó el malentendido al ver el libro.

- Disculpe, pensé…

- Está bien. Coma.

Stalin lo hizo como si no hubiese probado bocado durante días. Freud pidió otra cosa y el mesero trajo una sopa de carne.

- Rindsuppe. Tómela despacio, atragantarse le hará peor.

Freud miró la mesa donde estaba Trotsky y supo que su invitado estaría un buen rato más. Así que levantó el periódico y se sumergió nuevamente en su lectura.

Fijé mi atención en aquel curioso personaje que parecía extraído de un cuento de Chéjov: su rostro estaba carcomido por la viruela, sus uñas negras y su pelo opaco denotaban una vida precaria, pero a la vez disponía una altivez que contrastaba con la de su compañero, que no hacía más que hablar e imponer su conversación en la mesa en la cual ya estaba cayendo pesado.

- No me he presentado - le dijo el bolchevique a Freud, mientras este bajaba una parte del periódico para verle el rostro.

- No lo ha hecho – le respondió.

- Iosif Stalin, operador de imprenta.

- Sigmund Freud, médico neurólogo.

Ambos cruzaron una sonrisa cortés y la idea de lo curioso que era el destino.

- Su jefe es judío.

- No es mi jefe – reaccionó el ruso y levantó la ceja izquierda. - ¿Cómo sabe que es judío?

- Por la frente extensa, sus cavidades oculares retraídas, y por su apellido Bronstein – respondió Freud con ironía.

Stalin sonrió.  

El molesto tono de voz de su compañero fue opacado por otro más estridente e imperativo. Una voz que parecía asaltar las sílabas como una seguidilla de disparos de pistola. De espalda a los dos, se había instalado un muchacho que no llegaba a los veinticinco años, que gesticulaba de forma exagerada debajo de un uniforme bastante ridículo para su edad y cuyo bigote enroscado bailaba como dos trenzas en su rostro de adolescente indolente. Había desplegado sobre la mesa una carpeta de madera de la cual sacó unos lienzos de pintura.

- Hitler. Ahí está mi firma, Adolf Hitler. – apuntó son su dedo índice su nombre.

Todos en la mesa observaron las postales de Viena pintadas en acuarela y otro lienzo, un poco más grande y trabajado en óleo, donde se representaba a la Virgen María con Jesús en sus brazos. Ninguno hizo un comentario ni tuvo la intención de comprar alguno, a lo que el muchacho reaccionó increpándolos por su ignorancia y falta de sensibilidad.

Hitler tomó sus cosas y se fue a la mesa donde se encontraban Stalin y Freud.

- Buenas noches…

- Venga, siéntese – interrumpió Freud – no siga perdiendo el tiempo.

- Stalin

- Hitler, mucho gusto.

Freud hizo otro movimiento con su brazo dándole una orden al mesero más cercano. Luego dobló su periódico con sumo cuidado, sabiendo que ya no tendría la oportunidad de leerlo nuevamente y lo dejó al costado. Tomó sus lentes con dos dedos, los bajó a la altura del tabique y observó a ambos como si se tratase de dos criaturas de laboratorio. Ambos, Hitler y Stalin, lo miraron como si estuviesen listos para recibir una reprimenda.

- Señores, conversemos.


Salón del Café Central, donde se habría producido el encuentro en 1913.


2.-

- Su nombre es inspirado en Wagner. – afirmó Hitler, que parecía no agradarle el silencio.

- Más bien austriaco. – respondió Freud.

- Y el de usted es judío, Josef, judío y eslavo. – Hitler no pudo controlar una mueca de desagrado.

Stalin lo notó, pero no dijo nada.

- ¿Adolf? – preguntó Freud.

- Lobo – respondió el muchacho con orgullo.

- Pero usted no parece lobo, más bien un zorro – apuntó Stalin con sus ojos negros clavados en los bigotes de Hitler.

Se produjo un silencio que tensó el ambiente. Freud pareció disfrutar ese instante. El sicólogo había visto algo en ellos que se me escapaba.

- ¿Su interés por lo germánico es auténtico? – preguntó Freud.

- Absolutamente. – respondió Hitler.

Stalin esbozó una sonrisa irónica.

- Se ríe porque no comprende – Hitler hundió sus ojos en la taza de café que seguía llena.

Stalin se mantuvo en silencio.

- ¿Prefiere otra cosa? – ofreció Freud.

- Si, por favor, un té o un vaso de agua, el café no me cae bien.

El mesero llegó con una infusión de té de Ceilán.

Hitler no agradeció, seguía perdido en algún lugar del blanco veteado del mármol de la mesa.

Stalin recorrió el salón con sus ojos negros y terminó donde Trotsky. Trotsky se levantaba y despedía de sus compañeros de conversación. Se volteó a Stalin y le hizo una seña para retirarse. Stalin negó levantando la mano. Trotsky asintió y se fue.



3.-

Sigmund Freud encendió un puro y exhaló una pesada bocanada de humo. Disfrutó el sabor y sintió una molestia en el paladar. Tomó el maletín de cuero que reposaba en el suelo, al costado de su silla. Guardó el libro de Adler. De un bolsillo extrajo una bolsita de papel y la colocó sobre la mesa y extendió el contenido en una pátina de plata. El polvo de extendió en dos hileras finas. Tomó un delgado tubo de metal y lo acercó a su nariz. Hitler y Stalin miraron cómo Freud inhaló el contenido y luego regresó todos los utensilios de donde los había sacado.

- ¿A qué se dedica? – preguntó Stalin.

- Soy psicoterapeuta.

No hubo comentarios.

- Me dedico a curar enfermedades mentales.

Hitler y Stalin se miraron.

- No necesito nada de eso.

- Yo tampoco.

- Les aseguro que sí. Todos, sin excepción, estamos marcados por hechos de nuestra infancia.

Freud notó una cierta curiosidad debajo del aspecto que ambos, cada uno a su manera, le transmitían con una poderosa energía.

- Quiero decir que en nuestra infancia se marcan los rasgos de nuestra personalidad, de la mía, la suya y la suya. Cada uno, a su manera, está signado por esas experiencias particulares. He estudiado innumerables casos y ninguno, hasta ahora, ha mostrado no haber sufrido un hecho traumático en sus primeros años de vida.

Stalin recordó los golpes que le propinaba su padre cuando llegaba borracho a la casa. Hitler reprodujo en su mente las palabras de su madre cuando le confesó que ella y su padre eran primos.

- Lo importante es poder recordarlos, manifestarlos a través de un proceso dirigido por un experto.

- Y usted es uno.

- Soy el inventor del método.

- Patrañas.

- Patrañas burguesas.

- Usted es ruso. Los rusos son religiosos y supersticiosos - dijo Freud con la intención de provocar a Stalin.

- Soy revolucionario, participé en el alzamiento del cinco. Estuve en el domingo sangriento y en la huelga de octubre.

Freud lo miró a los ojos, escrutando algo que no supe qué podría ser.

- ¿Es ateo?

- Si.

- ¿Es un prófugo?

- No diría eso. Trabajo en la clandestinidad. – Se miró las uñas negras y sintió el olor al papel y la tinta recorrer sus narices.

Silencio.

- Yo creo en la tierra, en la nación alemana. Mi raza es mi religión – interrumpió Hitler, que no gustaba perder el protagonismo.

- Pero usted es austriaco.

- ¡Germano! Pero qué ignorancia.

- No se altere, Hitler – picó Stalin siguiéndole el juego a Freud.

- Bien, bien, y díganos qué truco utiliza para rescatar los recuerdos – preguntó Hitler, intentando controlarse.

- Hipnosis.

- Más patrañas.

- Estamos de acuerdo, nuevamente - aceptó Stalin.

- Lo he hecho en varias oportunidades. - El tono de voz de Freud era seco y filoso como el viento de la montaña. La posición de su cuerpo y la mirada se alinearon como el cañón de un rifle y miró a uno y a otro, una y otra vez.

Stalin recordó a su madre, Yekaterina, “la yegua de Gori”, y temió que Freud tuviese razón y pudiera rescatar de su memoria algunos hechos que prefería enterrar para siempre.

- Tengo buena memoria – dijo con seguridad mientras traía al presente algunas imágenes de sus tiempos libres y el placer que le procuraba cazar pichones y reventarlos con grandes piedras con el suelo. O cuando correteaba a los perros callejeros en verano y los llevaba al río agarrados del pescuezo para mirar cómo morían cuando los ahogaba.

- Le felicito, pero le aseguro que siempre hay algo más. La memoria selecciona los recuerdos y pone por delante algunos sobre otros. Es probable, muy probable que se haya olvidado de algo. - Le dijo Freud, disparando un proyectil en tono grave. Giró al otro.

- ¿Cuál es su principal frustración, Herr Hitler? – cambió el tema Freud

- No tengo por qué responderle.

- Tómelo como un juego.

Stalin seguía ensimismado con las ejecuciones animales de su infancia.

Hitler los miró con una expresión que me atemorizó.

- Comience usted, doctor. Mire que las revoluciones profundas no las hacen los escritores, sino los oradores.

Stalin cruzó su mirada con la de Freud. El doctor sonrió ante la pretenciosa frase de Hitler.

- Bien. – tomó la palabra Freud. – Mi principal frustración es que la comunidad científica aún no acepta mis postulados. Es más, mis seguidores quieren dejarme. Piensan que no tengo asidero científico, que me he convertido en un dogmático. Otra de mis frustraciones es que me creen algo loco.

- ¿El señor Adler?

- Y otros.

- ¿Por qué?

- Por que le hice un diagnóstico sicológico a Miguel Ángel.

- ¿Al pintor?

- Precisamente.

- Eso es muy extraño.

- Si, en cierta forma lo es, pero es una manera de demostrar que mis principios pueden ser generales y mi sistema deductivo, como la ciencia lo exige. Si, desde estos principios puediera diagnosticar a cualquier persona, ya sea por sus conversaciones, sus expresiones o fantasías, es posible lograrlo con ella o sin ella presente. Sólo es necesario tener registros, utilizar bien la teoría, sus los principios y postulados e interpretar correctamente el fenómeno.

- Difícil de tragar – aseguro Hitler.

- Si, es complejo, me han tildado de esotérico, Sin embargo postulo que todo se produce en el cerebro, y en los pensamientos se generan algunos fenómenos conscientes e inconscientes que explican nuestra personalidad. Mientras que Carl Gustav...

- ¿Carl Gustav? – preguntó interesado Hitler. - ¿Alemán?

Stalin movió su cabeza reprobando el comentario.

- Jung – dijo Freud muy serio. – Afirma que existe un basamento de experiencias e ideas que pertenecen a nuestra genética, a nuestra especie, y que se ubican en todos los seres humanos, en cada uno de sus cerebros, en todas las mentes. A eso le llama inconsciente colectivo.

Hitler se puso de pie, excitado, como si hubiese escuchado del mismo Odín aquella idea.

- ¡Eso es maravilloso! Es como la sangre alemana, como la raza aria ¿Y si Herr Jung tuviera razón? ¡También estaría en la mente! Nuestra ideas, las ideas germanas, estarían unidas indefectiblemente por el mismo destino.

- Dudo que así sea.

- ¡Sí lo es!, y eso explica mucho: en qué nos diferenciamos los germanos de los eslavos y de los judíos. En la raza, en la sangre y en nuestras ideas preconcebidas.

-¿Qué tienen que ver los judíos y los eslavos en todo esto?

-¿Qué tienen que ver? ¡En qué mundo vive Stalin! Me perdonará, sé que algo de judío debe tener usted, por ser ruso. Los rusos ya están muy mezclados y por eso la debilidad de su pueblo, pero es indudable que los judíos son una raza pero no son humanos.

Los ojos de Freud se abrieron como dos manzanas.

Stalin estalló en risas.

- ¿Qué le sucede? – gritó Hitler, llamando al atención de las demás mesas.

- Nada, es que usted está chiflado.

- Un artista siempre tiene algo de chiflado – concedió mientras se enrollaba los extremos de sus bigotes con sus dedos.

- Bien, sigamos con usted Stalin. – dijo Freud, intentando evitar, de momento, a Hitler.

- De acuerdo.

- Dígame cuál es su verdadero nombre, - Hitler parecía imparable - ningún ruso tiene un nombre o un apellido de dos sílabas. Si vamos a abrir nuestro corazón, que sea con nuestro verdadero nombre.

Stalin apretó los labios. Sabía que si se negaba, la conversación terminaba en ese instante.

- Iósif Vissariónovich Dzhugashvili.

- ¡Lo sabía, lo sabía! - dijo Hitler en medio de carcajadas - Imagínese usted luchando en Moscú por su revolución. Trotsky no alcanzaría a terminar “Vissariónovich Dzhugashvili cuidado” cuando la bala disparada de una bayoneta de un soldado del zar ya estaría reposando en su cuerpo. Y su camarada, cuando usted va cayendo, herido mortalmente, aún estaría pronunciando su nombre. Y usted, en su última reflexión, pensaría “maldición”.

Hitler no dejaba de reír y al ruso no le quedó otra que seguirlo. El chiste era bueno y más divertido era cómo Hitler lo actuaba. Curioso este Hitler, se dijo y pensó que le podría caer bien si lo trataba lo suficiente.

-¡Hitler! - dijo Freud endureciendo su voz. El aludido se calló en el instante, como si hubiese sentido el sonido del latigazo de la correa de su padre. Stalin notó la misma autoridad y llevó la mirada a la superficie de la mesa.


4.-

La pausa ayudó a tranquilizar los ánimos. Freud aspiró el puro y distribuyó una enorme bocanada de humo. Los rostros de Hitler y Stalin se perdieron en la densa niebla por unos segundos, los suficientes para que las palabras que el doctor pronunció en voz baja, unas palabras que unidas por un tono de voz sin modulación y monocorde me hizo recordar una letanía, de esas que las viudas, los curas y las monjas rezan como susurrando, produjeran un efecto que, si me lo hubieran contando, no lo hubiese creído. Detrás del velo de humo, emergieron transformados: sus hombros relajados con sus semblantes dóciles. Sus cuerpos rígidos estaban sujetados por una fuerza invisible. Los ojos de ambos estaban abiertos pero parecían mirar un lugar lejano, muy lejano en el tiempo y en el espacio.

Freud abrió su libreta, buscó una hoja, tomó su lapicero, anotó la fecha y algo más que no pude ver y dijo:

- Iósif Vissariónovich Dzhugashvili, hábleme de usted.

- Soy feo.

- Es evidente – Hitler parecía hablar sandeces incluso bajo el efecto de la hipnosis.

- ¡Cállese! – Freud, le increpó con autoridad, chasqueó dos dedos y Hitler hizo una mueca como la que los niños mimados hacen cuando se les corrige y cerró los ojos .

- Soy feo. – repitió Stalin con sus mirada perdida. – Fue la viruela. Estuve meses postrado en mi cama. Nadie me visitaba.

Hitler interrumpió con un murmuro.

- Es feo, es feo, es feo.

Stalin giró su rostro hacia él.

Freud observó sorprendido, nunca había visto comunicarse a dos personas en estado de hipnosis.

- Usted se cree una mariposa – respondió Stalin a Hitler. – Una mariposa muy delicada que le da color al mundo, que lo hace más hermoso, hasta que se enfrenta con su reflejo en un vidrio y lo que ve es la imagen de una polilla, una horrible polilla, un animal nocturno que busca la luz que es incapaz de proporcionar por sí misma.

Freud se sacó los lentes de la impresión y anotó en su cuaderno.

- Me gusta cazar polillas, - continuó Stalin - no se merecen existir. Me gusta quitarle las alas, arrancar sus patitas una a una, ver arrastrarse lo que queda de su cuerpo y dejarlas morir.

De los ojos de Hitler comenzaron a salir lágrimas.

- Soy pequeño.

- Si, lo es ¿Le incomoda? - Freud sintió que la situación retomaba un cauce conocido.

- En mi ciudad todos son bajos.

- Entonces está bien.

- Nada está bien.

- ¿Por qué?

Hitler levantó la mirada a los lentes de Freud y se quedó ahí.

- Porque el mundo no lo está.

- ¿El mundo está mal o es usted quien está mal en el mundo?

- Eso.

- Eso qué.

- Lo segundo.

- Freud anotó en su libreta.

- ¿Ha pensado arreglar las cosas?

- Si.

- ¿Cómo?

- Cambiando el mundo.

- ¿Por qué?

- Porque no puedo dejar de ser chico, cojo y feo.

Freud anotó en su libreta.

- Continúe.

- Necesito un vodka.

Freud pidió uno y el mesero lo trajo en un instante. Stalin se tomó el vaso de un trago y lo golpeó en la mesa en señal de querer otro. Tomó tres y continuó.

- La madre Rusia ha sido esclava por la dinastía Romanov desde mil seiscientos. La ha tratado como un borracho a su mujer.

Freud detuvo sus anotaciones y miró a Stalin.

- ¿Su padre le pegaba a su mamá?

Stalin asintió en silencio.

- ¿Su padre era alcohólico?

Stalin asintió y el rostro de Freud se iluminó satisfecho.


5.-

- Soy pintor - dijo Hitler.

- No le he preguntado nada.

- Usted no comprende.

- Ilústreme.

- Verá, vivimos unos tiempos de gran debilidad. El imperio es decadente, el de los turcos también. Soy pintor. Me ilumina la sensibilidad germana. Quiero expresar nuestra cultura, nuestra herencia, lo que somos.

Stalin tomó el cuarto vaso de voldka y luego uno más. Freud nunca había visto un paciente alcoholizándose mientras estaba hipnotizado y, al parecer, eso anotó en su libreta.

- ¿Le interesa saber qué pasó con mi madre? - preguntó Hitler.

- Dígamelo.

- Murió.

- ¿Y su padre?

- También

- Y qué hace usted en Viena.

Freud parecía haber perdido la batalla con Hitler, sus preguntas obedecían la lógica de alguien que se quiere deshacer de otro.

- Ya le dije, pinto.

- Bastante mal - acotó Stalin, arrastrando las palabras. - ¿Por qué no toma algo?

- No bebo.

- Anímese, quizás nos ayuda en la conversación - acotó Freud y llamó al mesero. - Fritz, ¿qué recomendarías a un artista que necesita ponerse en contacto con los dioses germánicos?

- Pulque, doctor Freud, un destilado mexicano, que aseguran es el trago de los dioses.

Hitler se mostró interesado y aceptó. Fritz llegó con una extraña botella de cerámica, cuya etiqueta decía “La Lucha”. Bajó por su gruesa boquilla un líquido blanco y espeso.

- Es fuerte - afirmó el mozo.

- ¡Fuerte soy yo! - respondió Hitler al desafío y se tomó el contenido de un trago. - Continuemos.

- ¿Qué espera de la vida, herr Hitler?

- Espero mudarme a Prusia, pronto.

- Por qué.

- Porque Austria es una desgracia.

- ¿Por qué?

- Porque no reconoce a sus genios.

- Le recuerdo que en sus fronteras nacieron y florecieron grandes genios. ¿No será usted el problema?

- ¿Yo? ¡Por ningún motivo! Me rechazaron de la escuela de Bellas Artes y de la de Arquitectura, pero eso no significa nada.

Stalin, en su estado de ensoñación, esbozó una sonrisa y abrió la boca.

- Pinta mal, mal, mal.

- ¡Cállese Stalin! - elevó la voz afectado por el burla.

- Mal, mal, mal, ja, ja, ja.

- Stalin ¡Silencio! - ordenó Freud y chasqueó los dedos, con la intención de terminar la sesión.

Ambos se quedaron inmóviles. Sus cuerpos volvieron a estar firmes. Sin embargo, las manos de Freud movían sus dedos con un leve nerviosismo, como si algo hubiese quedado fuera de control. Miró al cenicero que estaba en el medio de la mesa, tomó el puro que había dejado y lo encendió nuevamente. Aspiró en varias oportunidades hasta que el tubo, formado de grandes hojas de tabaco enrollado, estuviera encendido. Aspiró profundamente y contuvo el humo en sus pulmones, en su tráquea y boca hasta el momento adecuado, que lanzó una bocanada grande y densa al rostro de ambos.

Detrás de la espesa niebla la voz aguda de Hitler reanudó su perorata.

- Ya verán, iré a la cuna de la nueva civilización. Tenga cuidado Stalin, los prusianos no son como los austriacos, débiles y sosos. Allá se estima y respeta a los de su sangre. Ya verán, ante Dios y el mundo, el más fuerte tiene el derecho de hacer prevalecer su voluntad y así la haré prevalecer cuando llegue el momento. Iré a Prusia entristecido de dejar la patria de mi nacimiento, pero regresaré para recuperarla. Lamento y a la vez agradezco haber nacido en una época que parece erigir sus templos de gloria exclusivamente para comerciantes y funcionarios y no para sus hijos verdaderos.

Freud observaba a Hitler con ojos incrédulos. No sabía si hablaba en broma, bajo el efecto del alcohol o producto de la hipnosis.

- Y usted doctor Freud. Espero que no sea judío. Me ha caído bien, pero la historia opera implacablemente y llegará el día en que ni usted, ni este café ni el imperio de los Habsburgo sobrevivirán a la grandeza de la sangre alemana.  

- Deje de hablar idioteces, Hitler. - Interrumpió Stalin - Siga pintando sus telas y vea si las puede vender en la calle. Es posible que el destino no nos cruce nuevamente, pero le aseguro que tendrá noticias de Rusia y sabrá quién estuvo detrás de ellas. No se puede hacer una revolución con guantes de seda. Correrá sangre. Ahora sé bien cómo proceder. Debo agradecerle al doctor Freud por esta velada. Me siento liberado de mis ataduras.

Hitler no pudo esconder la admiración por la firmeza de Stalin.

- Doctor Freud, debe disculpar mi vehemencia - reconoció Hitler. - No sé qué será de mi vida. No sé si el futuro me ponga al costado de Goethe o de Wagner. No lo sé. Pero los libros de historia hablarán de mí de una u otra forma y mi figura y mis logros serán repetidos por siglos entre los alemanes y por el mundo.

Freud había dejado de escribir. Observaba detenidamente a los dos mientras hablaban. Se encontraba desconcertado.

- Es tarde - dijo Stalin - y no tengo tiempo que perder.

Hitler se puso de pie, siguiendo a Stalin.

- Es cierto, camarada Iósif Vissariónovich Dzhugashvili, es hora de retirarnos y salir en busca de nuestros destinos.

Ambos rieron.

Freud se levantó. Una vez los tres estuvieron a la misma altura, se despidieron estrechando sus manos.

- Fue un gusto, señores, espero que esta velada quede registrada en sus memorias.

- Sin duda alguna - respondió Hitler.

- Sin duda alguna - estuvo de acuerdo Stalin.

Freud vio cómo Stalin y Hitler intercambiaron unas palabras después que salieron por la imponente puerta. Se estrecharon nuevamente las manos y alejaron siguiendo caminos opuestos. Freud se sentó, miró a su alrededor, tomó su cuaderno y un lapicero y anotó: “Sesión curiosa con sujetos de quienes el mundo no puede esperar nada importante. Creo haber gatillado voluntad y decisión ¿Cuáles? No lo sé. Espero que el periódico de mañana no abra con la noticia del descubrimiento de sus cuerpos inertes flotando por el Rhin o el Volga”.




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