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jueves, 2 de febrero de 2017

LA UTOPIA DE LA BUENA VOLUNTAD



Intentar hacer el bien no es lo mismo que intentar hacer las cosas bien. Estamos frente a una ola de proyectos, emprendimientos, star-ups, iniciativas liderada por gente bien intencionada pero que carecen del más mínimo ajuste a la realidad, ya sea desde el diseño del proyecto o en la forma en el que se sostiene en el tiempo.

Si un emprendimiento va a depender del financiamiento caritativo de los inversionistas, de los bancos, e incluso de sus clientes y consumidores, pues bien, así debe plantearse. “Cómprame esto para ayudar a esto otro; no importa que no sea tan bueno como debería ser, total, es para contribuir a un bien superior”.

¿Seamos sinceros, cuánto puede durar una propuesta como esta? ¿Es sostenible? Depende, claro, de la propuesta de valor, del intercambio propuesto. Si este es interesante para ambas partes, se dará la relación.

Hacer las cosas bien tiene una carga más profunda, incluye el hacer el bien, ya que la calidad y la recompensa van de la mano con aspectos intangibles como la confianza y la pasión. ¿Acaso Uber se concibió como la ayuda a las personas desempleadas? No, se concibió porque existía una oportunidad de negocio basada en crear valor a personas (pasajeros y choferes), mediante una tecnología que optimiza el uso del tiempo, garantizando puntualidad, seguridad y una eficiencia tal, que los precios para el pasajero son más convenientes y los ingresos a los taxistas son más onerosos: win-win, ecuación de intercambio de valor perfecta. ¿Los resultados? En Estados Unidos maneja mucha gente jubilada para matar el tiempo, en Chile son muchos quienes buscan convertirse en pequeños empresarios armando sus flotas Uber. AirBnB funciona bajo el mismo principio. Que Apple y Google le den trabajo a programadores indios es una consecuencia de su modelo e negocios, no la causa.

Existen dos fenómenos en países como los nuestros, cuando el motivo no está en la creación de un intercambio valioso, sino en la buena voluntad:

1.- El resultado no es bueno y no puede competir con las soluciones existentes (por ejemplo un celular construido con elementos de reciclaje tiene una performance mucho menor a los de Samsung, Apple, LG, etc, cuesta casi lo mismo, por lo tanto, queda en desventaja).

2.- El resultado es bueno, pero el costo de acceso lo convierte en un producto de élites, lo que destruye el fin “de buena voluntad” del proyecto (por ejemplo la comida orgánica, como las verduras, la fruta o los huevos, cuestan mucho más que las “Monsanto”).En el ámbito local, vemos muchísimas iniciativas con una pretensión de impacto social muy alta, pero en la mayoría fallan y al final dependen de que alguien “deje algo en la mesa”, que alguien ceda, subsidie el sueño, más no su buen producto (que normalmente no aguanta un doble click). 

Y, como sabemos, el subsidio no promueve la excelencia, sino más bien la mediocridad.

La ecuación de valor indica que el intercambio debe ser beneficio para ambas partes, que en ambos casos la percepción del valor recibido (constituidos por los aspectos intangibles y tangibles de lo obtenido) debe mayor al costo de acceso a aquel objeto o servicio (dinero, tiempo y emocionalidad).

La utopía de la buena voluntad es una trampa a la que muchos caen, muchos que quieren emprender un proyecto basado en hacer el bien sin haber pensado en hacerlo bien.

NOTA: Este post gatillado por una charla de Gabriel Gurovich sobre la Economía Circular y otras hierbas. Aquí el enlace: https://www.youtube.com/watch?v=7D0tZgoLH7Q

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